25 de septiembre de 2009

Santa Preciosa


Hay algo más triste, que un tren inmóvil en la lluvia. Sí le contesto a Neruda, a propósito de la última lluvia en la ciudad. Imagínense el agua mojando la platea, la calle brillante y señoras regresando vestidas de humedad y palomas. No puede el trabajo cegar y privar al ser humano de tan fragrante escena. La lluvia. Porque la lluvia es niñez, infancia pura. Recuerdo el agua cayendo desde Santiago a La Serena. La mañana despertó bamboleándose en trombas y chubascos. Entonces, el tropel del obrero guarecido en pura tarea, haciéndose el huevón. Esto no es vida caballeros, la lluvia es libre y se debe mirar, debe entrar en el tacto y golpear, hacer tremenda memoria. Mi primera lluvia –como en tierra baldía- mojaba también el estío. Esto fue en Valdivia. Picarte entero espejado y simple, largo. Y fui niño por primera vez a mis veinte años.

Si es cosa de ver a los escolares correr y gritar, chapoteando, mojados. La lluvia en la ciudad representa un espíritu, una canción, como esas melodías que sofocan de nostalgia, y es fácil llorar con ellas. En los cafés, en los bares, en las casas, quién no ha cegado la vista con la pura imagen del agua. Si hasta la TV o los libros parecen invitar a sus propósitos. Hay algo más triste, que un tren inmóvil en la lluvia. Sientan la tristeza como se cimbra gloriosa. Quizás el tren de Neruda somos nosotros, quietos, sin perder una tecla de ritmo y empedernidos en la rutina. Para la lluvia, son ideales las habitaciones, las terrazas, los tejados de zinc, los patios interiores y no las oficinas. Hágale empeño y sírvase un tazón bien gordo, ojalá de caldo, agua de monte, o quédese unos minutos augurando la magia escondida que hay en el escampe. Pida un deseo, ingenie una fuga y bébase a sí mismo. Extienda su mano y toque, palpe, nútrase de ella. La lluvia es pura vida, es un milagro y es real, es un tiempo, una temporada, un solo movimiento en la pobreza del día.

23 de septiembre de 2009

Las madres de Huentelauquén



Dicen que en la carretera, pasando por Huentelauquén, hacen unas empanadas a las que poco faltaría para estar completas. Empanadas fritas repletas de queso, y digamos, que acompañadas de ostiones o machas, sacan la lengua, enlutan la gloria de la empanada de horno, caliente, húmeda y dorada. Para bien, en la ciudad de La Serena, tenemos una pobre pero bondadosa imitación. No supera ni asimila la empedernida empanada del Suizo -en Guanaqueros- habiendo dos o tres locales que sin duda elevan la de queso y la de marisco y la beatifican, potente. Sin embargo, en lo menos pensado también hay sucuchos que empeño le hacen, y atrás no quedan si se trata de jugo y frescura. Nótese que un buen local, cautela el salvajismo del producto, recordemos, el alma de una ostión tomada del fondo arenoso, una macha nortina, bien salada, o el queso encabritado de las vacas de Talca, aceitoso. Si la empanada perfecta bien lejos está de los convencionalismos torpes que señalan revistillas distantes del peñón callejero y los pipeños bien servidos, una empanada debe tener alma, luego solita se encumbra.

Hablemos pues, de las circunstancias, porque una empanada totalmente se descubre, no se llega legalmente a ella por el dato, es la misma casualidad quien debela semejante sorpresa. Y si lo nuestro es la nostalgia, quién no recuerda un viajecito por el Litoral Central, detener el auto frente a estas posadas rústicas, donde afloran en la entrada cardenales, rosas o un radiante parrón, y en la recepción nada más oler y zamparse todo el fleco del sartén, ardiendo y quemando, chirriando. Si a penas concibe uno la vida en esos páramos, vigorosos de calamina y cholguán, y donde asoma en ocasiones un zorro, o una liebre muerta en la carretera, cómo explicar la presencia de tan menuda empanada, crujiente y colmada en queso, materia grasa, un pino suave o picantito, o es la pura experiencia echando insignes notas evolutivas.

Y bien, aún cuando se busque, la esperanza de lograr un mejor hallazgo despierta una curiosidad, un hambre, un instinto de paisaje y ciudad, ver la equilibrada luz, casi musical, entre crujido y textura, personalidad pura. Eso que tienen algunas mujeres, la superioridad del tacto, la inclusión y desarrollo del sentido, o en otros casos, la engañosa frialdad del cocinero, gordo y malformado, heredero de tremendo tesoro.

Había pensado en dibujar mi propia ruta de la empanada, la frita, la que preñada de queso, marisco, pino o pollo, arde en los sartenes y no en las freidoras. Porque radicalmente la empanada frita se niega a una serie, pelea su perfil artesa, abraza un uslero, el mesón y la mano. Y para qué tanta aspiración, si es cosa de echarse a la calle y olfatear, probar, haga amistad en los restaurantes, en los siniestros restobares, en los mercados, póngase a invertir tiempo y a separar sabores, jugue de maestro no tan solo con el vino.