Hay algo más triste, que un tren inmóvil en la lluvia. Sí le contesto a Neruda, a propósito de la última lluvia en la ciudad. Imagínense el agua mojando la platea, la calle brillante y señoras regresando vestidas de humedad y palomas. No puede el trabajo cegar y privar al ser humano de tan fragrante escena. La lluvia. Porque la lluvia es niñez, infancia pura. Recuerdo el agua cayendo desde Santiago a La Serena. La mañana despertó bamboleándose en trombas y chubascos. Entonces, el tropel del obrero guarecido en pura tarea, haciéndose el huevón. Esto no es vida caballeros, la lluvia es libre y se debe mirar, debe entrar en el tacto y golpear, hacer tremenda memoria. Mi primera lluvia –como en tierra baldía- mojaba también el estío. Esto fue en Valdivia. Picarte entero espejado y simple, largo. Y fui niño por primera vez a mis veinte años.
Si es cosa de ver a los escolares correr y gritar, chapoteando, mojados. La lluvia en la ciudad representa un espíritu, una canción, como esas melodías que sofocan de nostalgia, y es fácil llorar con ellas. En los cafés, en los bares, en las casas, quién no ha cegado la vista con la pura imagen del agua. Si hasta la TV o los libros parecen invitar a sus propósitos. Hay algo más triste, que un tren inmóvil en la lluvia. Sientan la tristeza como se cimbra gloriosa. Quizás el tren de Neruda somos nosotros, quietos, sin perder una tecla de ritmo y empedernidos en la rutina. Para la lluvia, son ideales las habitaciones, las terrazas, los tejados de zinc, los patios interiores y no las oficinas. Hágale empeño y sírvase un tazón bien gordo, ojalá de caldo, agua de monte, o quédese unos minutos augurando la magia escondida que hay en el escampe. Pida un deseo, ingenie una fuga y bébase a sí mismo. Extienda su mano y toque, palpe, nútrase de ella. La lluvia es pura vida, es un milagro y es real, es un tiempo, una temporada, un solo movimiento en la pobreza del día.
