La voluntad de la carretera en función de los viajeros. Salir con mulas y petacas, fragante, un domingo por la mañana, y cautelar la composición de nuestro Chile en posadas, campamentos, villorrios y cuanto luminoso pueblo. Oler la uniformidad en camiones cargados de apio, en Talinay, cuando pastan gallinas a eso del Km. 62, entre piedras y rocas para el terrible mar de Octubre.
Ver la precisión de Peñablanca, o el imposible Mineral de Tolca. Cimbrada la carretera de chivos y espinos, cuando en Hornillos caldea la nubosidad y afloran por la patria las maravillosas pasarelas. Tiene magia ver jovencitas universitarias esperando la interprovincial en El Teniente, díganme que no es sublime el movimiento de las palomitas en su blanco negocio de dulces, o los puestos donde resplandece el queso, el charqui y los camarones. Y lejos de Cebada, Tranquillos, El Palmar o Combarbalá, un mítico Chigualoco embalsamado en playas y arenas donde guarece una fiebre estival, serena. Para qué decir, entre el Puente Quilimarí y Pichidangui, saltar a una carretera bañada en cardos, yuyos y casas de madera. Sin ir más lejos, toparse con un Longotoma verde, saltón de claveles, y enumerar la infancia o el rostro de un buen amigo. Hay gloria en esa ruralidad extendida en medio de grandes ciudades, como hay gloria también en el ganado y los senderos que brindan la oportunidad de meterse y descubrir. Apearse en los algarrobos y oler el viento empapado de corderos, espinos y coligues.
Lamentablemente, veo todo un Chile cercado, desde La Serena, pasando por Canela Baja, Chincolco, Pullally, La Ligua, atravesando un simplón puente El Chivato, no hay centímetro de país que no clausure el ímpetu por andar o por llegar descalzo a una playa olvidada, todo Chile dividido y sumido en el egoísmo, qué nos pasó señores, cuándo fue que se vendió hasta el fragante cubil de las coníferas.
No es el país de los ancianos, a quienes superó la televisión y las transmisiones vía satélite. Ese Chile pobre zumbando hierba, grillos y senderos. Me pregunto después de todo y abrazando un pequeño sol en Catapilco, cuándo fue que se acabó la tierra. Cuándo fue que un ambicioso país dejó afuera el alma de tanto chileno, la libertad de tomarse un aguaperra enumerando el paso de trenes, posadas y queltehues.
