8 de octubre de 2009

Tren al Sur

La voluntad de la carretera en función de los viajeros. Salir con mulas y petacas, fragante, un domingo por la mañana, y cautelar la composición de nuestro Chile en posadas, campamentos, villorrios y cuanto luminoso pueblo. Oler la uniformidad en camiones cargados de apio, en Talinay, cuando pastan gallinas a eso del Km. 62, entre piedras y rocas para el terrible mar de Octubre.

Ver la precisión de Peñablanca, o el imposible Mineral de Tolca. Cimbrada la carretera de chivos y espinos, cuando en Hornillos caldea la nubosidad y afloran por la patria las maravillosas pasarelas. Tiene magia ver jovencitas universitarias esperando la interprovincial en El Teniente, díganme que no es sublime el movimiento de las palomitas en su blanco negocio de dulces, o los puestos donde resplandece el queso, el charqui y los camarones. Y lejos de Cebada, Tranquillos, El Palmar o Combarbalá, un mítico Chigualoco embalsamado en playas y arenas donde guarece una fiebre estival, serena. Para qué decir, entre el Puente Quilimarí y Pichidangui, saltar a una carretera bañada en cardos, yuyos y casas de madera. Sin ir más lejos, toparse con un Longotoma verde, saltón de claveles, y enumerar la infancia o el rostro de un buen amigo. Hay gloria en esa ruralidad extendida en medio de grandes ciudades, como hay gloria también en el ganado y los senderos que brindan la oportunidad de meterse y descubrir. Apearse en los algarrobos y oler el viento empapado de corderos, espinos y coligues.

Lamentablemente, veo todo un Chile cercado, desde La Serena, pasando por Canela Baja, Chincolco, Pullally, La Ligua, atravesando un simplón puente El Chivato, no hay centímetro de país que no clausure el ímpetu por andar o por llegar descalzo a una playa olvidada, todo Chile dividido y sumido en el egoísmo, qué nos pasó señores, cuándo fue que se vendió hasta el fragante cubil de las coníferas.

No es el país de los ancianos, a quienes superó la televisión y las transmisiones vía satélite. Ese Chile pobre zumbando hierba, grillos y senderos. Me pregunto después de todo y abrazando un pequeño sol en Catapilco, cuándo fue que se acabó la tierra. Cuándo fue que un ambicioso país dejó afuera el alma de tanto chileno, la libertad de tomarse un aguaperra enumerando el paso de trenes, posadas y queltehues.

1 de octubre de 2009

Dicen en Los Carrera

La hora de la plaza escupe sus primeros rayos en vertical y atravesando robles y jacarandás. Es la hora en la Plaza de Armas, luego vendrán los escolares y las gitanas, pero antes, mucho antes, vean a los jubilados intachables en su terno, tristones, y hablando de fútbol, la deuda histórica o alguna asociación. Por muy nuestros que sean estos viejos, -pobres y delgados- simbolizan también las plazas cimbradas en todas las ciudades del mundo. Verán después al vendedor de confites, y si es domingo, póngale a su haber un fotógrafo con caballo y todo. Pero pensemos en los días hábiles, veamos una atribulada paloma andar e inclinada su cabeza intentaremos su lenguaje.

Y en las tardes, cuando se nubla de liceanas, huela la estación: habla el museo, la iglesia, la gobernación, todo lo que circunda el imperio dormido de la plaza. Hay que encontrar estos sitios, darse el gusto de tomar sol y apabullar el terrible sonido de la ciudad. Los viejos se habrán ido, beberán el té, pero a su anhelo llegarán oficinistas y ejecutivas, y volverá a pintarse una fiesta empeñada en piernas, cigarros y canciones. Si la ciudad es una pura expansión, son adoquines, bala en las avenidas, hace gracia incluso en los cuarteles. Una plaza es pues, un talento citadino, una memoria, un vinilo girando en gorriones y hojas.

“Morirme en una plaza” dijo Edmundo Herrera, como un poeta gimiendo entre los edificios y augurando la luz de una pileta. Si aire tenemos, si recreos, si fatigados cosechamos en los almacenes, pídale al espacio un segundo de gloria. Ahí están, y estarán ahí, fraguando en la tarde su vientre. Pequeñas plazas de Chile.