1 de octubre de 2009

Dicen en Los Carrera

La hora de la plaza escupe sus primeros rayos en vertical y atravesando robles y jacarandás. Es la hora en la Plaza de Armas, luego vendrán los escolares y las gitanas, pero antes, mucho antes, vean a los jubilados intachables en su terno, tristones, y hablando de fútbol, la deuda histórica o alguna asociación. Por muy nuestros que sean estos viejos, -pobres y delgados- simbolizan también las plazas cimbradas en todas las ciudades del mundo. Verán después al vendedor de confites, y si es domingo, póngale a su haber un fotógrafo con caballo y todo. Pero pensemos en los días hábiles, veamos una atribulada paloma andar e inclinada su cabeza intentaremos su lenguaje.

Y en las tardes, cuando se nubla de liceanas, huela la estación: habla el museo, la iglesia, la gobernación, todo lo que circunda el imperio dormido de la plaza. Hay que encontrar estos sitios, darse el gusto de tomar sol y apabullar el terrible sonido de la ciudad. Los viejos se habrán ido, beberán el té, pero a su anhelo llegarán oficinistas y ejecutivas, y volverá a pintarse una fiesta empeñada en piernas, cigarros y canciones. Si la ciudad es una pura expansión, son adoquines, bala en las avenidas, hace gracia incluso en los cuarteles. Una plaza es pues, un talento citadino, una memoria, un vinilo girando en gorriones y hojas.

“Morirme en una plaza” dijo Edmundo Herrera, como un poeta gimiendo entre los edificios y augurando la luz de una pileta. Si aire tenemos, si recreos, si fatigados cosechamos en los almacenes, pídale al espacio un segundo de gloria. Ahí están, y estarán ahí, fraguando en la tarde su vientre. Pequeñas plazas de Chile.

1 comentario:

  1. Notable Rolo, las liceanas tinéndolo todo me dejó atrapado en una esquina de la plaza. Tan niñas que son las niñas de ahora. Un poeta muriendo entre los gemidos y la indiferencia. grandioso. Un abrazo. Anoche me crucé con tu hermana, se le ve bien, tranquila, tu papá bien. Un abrazo

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