Sientan el mes de Noviembre entrar caluroso a las habitaciones. No mirar la copiosa y típica llovizna en el centro de Chile. Sientan venir al sol purificado hacia el trabajo, las escuelas, a la oscuridad de los almacenes y a las ferias. Donde hubo musgo, hoy afloran suspiritos de campo. Las avenidas rebosan de faldas y sandalias, los comedores, las salas de centro, frescas, abiertas y olorosas. Lautaro repleto de nidos y damascos, de cafés, ceremoniosamente lúcidos, al mediodía, cuando un alumnado cada vez más eufórico sale a repletar los patios traseros y los restobares.
Se oyen venir a las plazas, mas gaviotas y gitanas, la carretera zumba en yuyos, malvas y pancartas, los jardines convertidos en recodos donde apearse a beber, o esperar el pegajoso atardecer muy vertical, metálico y poco romántico. Parece la mejor época para los parques y la iglesia, o logren dibujar un jardín japonés, podrido de niños y parejitas en la hierba. Sucede una alegría poco profunda y certera: polvo en las calles, asoleas vacías, el humo de la tarde embadurnado de gorriones.
La señorita preciosa, suele ver y alzar la voz en estos tiempos, escuchar música de flores y augurar todo un amor para las calles. Los viejos de siempre, bañándose de sombra de roble, leerán el diario y comentarán los play off. Por qué no olvidar los pagarés y los bancos, y resucitar la amistad en la cerveza, el jugo de melón o las primeras uvas. Enfrascarse un momento, mientras la vida se derrite, y hay un retoque de oficinistas y empleadas públicas para ensalzar toda casualidad.
Para el recuerdo, hay quienes buscan el frío, la brevedad de los días, asechan el sonido del agua en la ciudad, la idea de echarse a dormitar los domingos, cuando afuera el sonido de los autos advierte la precisión de la tristeza. Para qué hablar del caldo, emblemático por las noches, o la religiosidad del brasero chirriando en los comedores, para qué decir la sola fiesta del vino, cuando el viernes por la noche se prolonga en terribles fritangas, y la insignia de agosto es invitada a beber. Porque el frío es una sintonía con la humanidad, es cosa de imaginar la calle y advertir la necesidad del abrazo, del amigo, del buen refugio. Pensando en quienes poseen un alma semejante a la de Robert Frost, musitando la felicidad de andar sobre los abedules hasta verlos doblarse y despertar con el sólo campaneo del viento enredado en sus hojas. Para qué decir, los bares rurales donde arde la leña de nogal y los jugadores de brisca, o el cigarrito, temprano, camino al trabajo, un día martes, cuando las calles sortean edificios y casas viejas sobre un espectral e interminable rocío.
En todas partes aguardan personajes consentidos por el frío, los que prefieren sortear el domingo guarecidos en la cama y no prenderse a los paseos costeros. A esos locos nostálgicos que hoy celebran la matapajaritos, o creen religioso el fútbol amateur por la mañana cuando apenas una brizna de luz hace honor al estío. Bastará con ofrecer a la memoria un dibujito de lluvia y esperar en las calles, mientras la compañía de bomberos echa al aire un oscuro, terrible y extendido mes de marzo.