El sur y el Norte extendidos en ambos aleros de la ciudad. La posición y el sol inagotable, el sol del Norte que es también ahora el Sur de otros barrios. Los pájaros que vienen del Sur de otros Nortes, y escapan al frío del Norte de un Sur tan copioso de blancura. Atarse a dos extremos, a dos realidades, a dos alas, atarse a dos senderos y un solo campo estacionado para el amor y no para las direcciones. Ver una acuarela donde hay casas viejas (en el valle de Longotoma, existe una localidad llamada casitas viejas –oigan la luz-) y carritos con paisanas hediondas de belleza. En su Elogio a la sombra, Jorge Luis Borges escribió “las precarias casas viejas que aún llamamos el Sur” y que hoy podría cantar desde el Norte, en ese casco viejo que alumbra la serenidad del mar, los puertos, las faldas asidas al viento y que insisten en treparse a la virgen de Colón.
La ciudad tiene dos emblemas que transmiten desde dos colores. El Sur y el Norte. Como una música que viene a repletar la niñez y luego –años más tarde- descubre en la plaza vacía, el lugar más glorioso para morir un domingo. Las ciudades poseen una dualidad y una simbiosis, un decoro para el peatón y el lustre, para el ambicioso y el derrotado, para los tiranos y el amor, para los ejércitos, las hormigas y los ambulantes. Hay un extremo y una luz, un sendero, una vía que advierte la naturaleza como dos distintas lunas. Ver una calle y oír la vida en dos potreros, el Sur y el Norte, el Norte de un Sur venidero, nacido en tropeles de campanas, el Sur de un Norte copiado en señoritas y tinajas.
Dos formas tiene la ciudad: la música y los hombres. Dos veredas amplias por donde se calzan los días. Las horas que son también el Norte de los días, el día que viaja poblado de potros bayos al Sur de las horas. Es la posición un ejercicio, una moneda, un pájaro extendido en alas, el surco y la frescura sobre la tierra cuando luego de la lluvia el sol transforma la humedad. Dos caras tiene la ciudad, Norte y Sur, y en ellas la claridad es también un farol roto. Las calles hablan en palomas y vehículos, dice en plazas, almacenes y teatros. Hay calles donde aparecen fotografías de alumbrados en medio de la tarde. Hay otras veredas donde acuden al encuentro de la luz hospitales y farmacias. Siempre hay un rincón haciendo el juego del neón, pensando en las comisarías, frente a las placitas invernales, o encajonado a una reserva de oficinistas, cafecitos donde apearse a beber. No hay verdad de pronto al descubrir dos distancias, no hay justicias ni certezas solo frases. Porque hay quienes develan bajo sus vestidos las dos memorias de la ciudad, encuentran bajo el sombrero alón de los baldíos un panfleto donde se proclama como presidente al viento y todas sus palomas en conjunto. Pobres y olvidados, en quienes también confía el gorrión aún antes de emprender su vuelo cósmico, para ellos aún hay trabajo. Porque no es tarea del sabio augurar la luz, ni don del caminante la inclinación de la calle. No hay metáforas ni códigos más necesarios que aquellos que insisten en el amor. Hay que irse a repletar la ciudad, el campo y las carreteras, oler el mar, metálico, y sorprender dos pirámides nobles que surcan como dos frases: pene y vagina, olor y aroma, vacío y canasta de naranjas. Poetas que han mirado en dos extremos el día y han recogido un solo trozo de humildad. Y para esa dualidad, como escribió Gelman “alguna vez condecorarán al poeta / por usar palabras como fuego, / como sol, como esperanza, / entre tanta miseria humana, / tanto dolor / sin ir más lejos.”
La ciudad tiene dos emblemas que transmiten desde dos colores. El Sur y el Norte. Como una música que viene a repletar la niñez y luego –años más tarde- descubre en la plaza vacía, el lugar más glorioso para morir un domingo. Las ciudades poseen una dualidad y una simbiosis, un decoro para el peatón y el lustre, para el ambicioso y el derrotado, para los tiranos y el amor, para los ejércitos, las hormigas y los ambulantes. Hay un extremo y una luz, un sendero, una vía que advierte la naturaleza como dos distintas lunas. Ver una calle y oír la vida en dos potreros, el Sur y el Norte, el Norte de un Sur venidero, nacido en tropeles de campanas, el Sur de un Norte copiado en señoritas y tinajas.
Dos formas tiene la ciudad: la música y los hombres. Dos veredas amplias por donde se calzan los días. Las horas que son también el Norte de los días, el día que viaja poblado de potros bayos al Sur de las horas. Es la posición un ejercicio, una moneda, un pájaro extendido en alas, el surco y la frescura sobre la tierra cuando luego de la lluvia el sol transforma la humedad. Dos caras tiene la ciudad, Norte y Sur, y en ellas la claridad es también un farol roto. Las calles hablan en palomas y vehículos, dice en plazas, almacenes y teatros. Hay calles donde aparecen fotografías de alumbrados en medio de la tarde. Hay otras veredas donde acuden al encuentro de la luz hospitales y farmacias. Siempre hay un rincón haciendo el juego del neón, pensando en las comisarías, frente a las placitas invernales, o encajonado a una reserva de oficinistas, cafecitos donde apearse a beber. No hay verdad de pronto al descubrir dos distancias, no hay justicias ni certezas solo frases. Porque hay quienes develan bajo sus vestidos las dos memorias de la ciudad, encuentran bajo el sombrero alón de los baldíos un panfleto donde se proclama como presidente al viento y todas sus palomas en conjunto. Pobres y olvidados, en quienes también confía el gorrión aún antes de emprender su vuelo cósmico, para ellos aún hay trabajo. Porque no es tarea del sabio augurar la luz, ni don del caminante la inclinación de la calle. No hay metáforas ni códigos más necesarios que aquellos que insisten en el amor. Hay que irse a repletar la ciudad, el campo y las carreteras, oler el mar, metálico, y sorprender dos pirámides nobles que surcan como dos frases: pene y vagina, olor y aroma, vacío y canasta de naranjas. Poetas que han mirado en dos extremos el día y han recogido un solo trozo de humildad. Y para esa dualidad, como escribió Gelman “alguna vez condecorarán al poeta / por usar palabras como fuego, / como sol, como esperanza, / entre tanta miseria humana, / tanto dolor / sin ir más lejos.”

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