31 de agosto de 2010

La buena vejez

Hace una semana, Cristian me pidió que lo ayudase a instalar una repisa para su casa, por cierto, recién comprada. Luego del trabajo, acomodamos varias cajas con loza y otras chucherías y entre los objetos y libros que comenzamos a ordenar, me llamó la atención un ejemplar antiguo de País de sombras largas de Hans Ruesch que guardaba, un tanto desprolijo, al fondo de la caja. Ruesch es autor de uno de los libros que –pensando en mi propia experiencia- se deben leer en la juventud. Si bien su narrativa corresponde a un modelo menor de Best Seller, me parece tan importante como la lectura de Cien años de soledad, El amante bilingüe, o uno de mis libros favoritos, Las Ninfas.

Acto seguido, acomodamos la interminable –e incompleta- colección de la Revista Ercilla, y algunos tomos de Larousse. Destapamos una cerveza bien fría, y comentamos, ligeramente, la relativa elegancia de su repisa. Hablamos del color, de la madera y de una jubilosa máscara Guatemalteca que dispuso sobre la terraza superior. Luego de Ruesch, fui hacia un libro amarillento y proporcionalmente más grande que los delgados tomos de Espasa Calpe, y al indagar en sus páginas, descubrí Pasé por México un día de Manuel Rojas. Relato bien distante de los frecuentes escenarios porteños, donde es posible encontrar a un autor que describe con precisión, y bastante lejos de la impostura, un territorio, una cultura, y, en algunos tramos, hasta la prehistoria del país del águila. Sin ser una novela, se lee como una novela, y sin ser un diario de viajes, es capaz de pasar, muchas veces, de un asunto a otro.

Hice pues algunos comentarios relativos a estos libros, y percibí, raudamente, que Cristian como Ximena -su madre- desconocían. No he leído todo lo que se ha escrito, sin embargo me seguí topando con obras familiares a los años de liceo y de universidad. A mí ya decidido intento por recuperar dichos textos, sumé Eloy de Carlos Droguett y una moderna edición de Otra vuelta de tuerca de Henry James. Me sentí a ratos, como Peré Gimferrer o Borges, aunque, considerando el poco interés lector de mi anfitrión, bien podría estar cercano a representar un avezado conocedor de libros.

Me preguntaba, mientras en casa comenzaba a releer a James, cuáles otros textos esperarían la casualidad de ser descubiertos, o qué situaciones se sucedieron, para que Ruesch, Rojas, Droguett y James volvieran a estar, olorosos, en mis lecturas personales. No sentí, por cierto, esa voracidad juvenil que a ratos sopesaba, sin embargo, hacía memoria de algunos párrafos de la obra de Umbral sobre lo perenne de las lecturas adolescentes. <… sólo muchos años más tarde he vuelto a saber que, efectivamente… lo que uno lee después de la adolescencia es ya siempre repetición de lo leído (se lee siempre el mismo libro, como se escribe el mismo libro; el que uno quiere leer y escribir, nuestro libro) y porque no hay manera de que un libro leído más tarde puede poseernos como nos poseyó aquél, como nos poseyeron aquéllos”>. Eliminar el “rótulo decorativo” de aquellos libros –los condenados a la repisa de Cristian- despertó un interés por otras lecturas, que si bien no volví a frecuentar con vehemencia, recordaba –o citaba- constantemente. Ahí estaban en mi propia repisa, El coronel no tiene quien le escriba, de García Márquez, Los paraísos artificiales de Baudelaire, Diario de un cazador, de Miguel Delibes, Pan, de Hamsun y algunos otros, para solventar quizás, mi más cercano solipsismo. La sordina que precedió a estos libros, habló en la voz de Cristian y su ya, instalada, repisa de Pino Oregón.

Mientras algunas obras permanezcan a la espera de otras casualidades, o mientras los textos posean una “buena vejez”, podrán naufragar seguros en cajas plataneras, bolsas de embalaje y repisas desprovistas del cuidado y atención que se merecen, porque lo importante es, en algún momento, el llamado a su encuentro con el lector-adolescente, el lector-nostálgico, el lector-arqueólogo, o simplemente, el lector-lector.

25 de agosto de 2010

Anda pájaro / déjate ver

Escucho a lo largo de la tarde un canto de pájaros, como si el sonido fuese en realidad un fantasma atravesando el viento, y escondido, el cuerpo sin vida trinara ese lenguaje que a ratos confunde y desorienta. Es imposible navegar siguiendo el canto de los pájaros –me digo- aunque nosotros amemos su andar por el aire, suele reclutarnos el hábito de las calles y la pedagogía de lo horizontal. Los sueños, los deseos, el sexo, todo –quizás hasta el camino luminoso a la guadaña- sean reflejos horizontales. A lo mucho intentamos explorar ese espacio comprendido entre una duda y otra, pero andamos vigilando la eternidad resumida en el asfalto, los adoquines y el cemento.

Las aves ansían esa ignorancia con la que tiene certeza un ser humano, al menos la de aquellos que contemplan la tarde y dicen saber tanto sobre vuelos y trinos. En esa simpatía por la necedad, por el orgullo de actuar bajo el desamparo de toda altura, hoy he visto un par de tórtolas de regreso en el barrio, y de seguro también en ellas el alma encantada de los antepasados atraviesa la calle El Roble, centelleando ondulaciones luminosas para recordar la inmadurez.

A razón de pájaros, el otoño expele un delicioso olor a vértigo.

Entre cumbias y baladas sobrevive el pastoso atril de las aves. Entre melodías nuevas y otras muertas de lustros y estíos, entre sonatas, vuela el alma acometida en su ritual, el pájaro que guarda otro pájaro fantasma en su molleja y ahora es libre frente al chuño. Había pensado también, que el lugar más árido de la tierra existía en éste país, y ahora busco la sequedad que abunda en el vuelo del chirigüe sobre las casas viejas que sobreviven a la época y una antena satelital donde no hay siquiera un hálito de esperanza. Continúa el día soleado y aseguran el paso incontables rumores de vuelos: las niñas que van hacia el pan, los escolares prófugos a esa hora incansable para la infancia, un dormitorio abandonado, relojes anunciándose sobre los jardines. Qué razón tiene esperar –como si se tratase de un augurio- el relato del ave sobre los alumbrados. Qué hombres al unísono descubren bajo esa elasticidad su miseria.

En el barrio, suceden relatos de pájaros desaparecidos, que ya en la infancia parecían cansados: hace dos días –por ejemplo- sorprendí un ave roja tropezar sobre los enrejados, y desde entonces, las veredas agobiadas de fútbol desdeñoso y batallas sin orbe aparecen reunidas en la imagen de todos estos seres fantasmales que deciden regresar de la muerte. La imagen del muchacho que fui, es también ahora un patíbulo arrojado al vacío, y su memoria sería para la tarde, el vuelo del sacatureal, ensangrentado en su plumaje. Como en la peor época de un hombre, palomas redondas circulando en la basura, sin aire, lentas y empolvadas de sombra. Esa sombra espacial que vuela desde los astros y señala dos o tres profecías: No hay vida después de todo, muchacho, estás condenado a ser un pájaro en la tarde.

Escucho a lo largo de las horas una canción, como si el día fuese una bandada de tiempo y en él, las aves simularan estaciones pasadas o incontinuas lluvias para las ciudades. Lo dice el patio de la escuela, las iglesias y esta perspectiva desde donde anuncia a secas el gorrión su enjaulado minimalismo. Si fuese posible hacer oído al ejercicio de las alas, en cada aletear despertaría una palabra nueva:

el lenguaje contaría con tramos, alumbrados y notas musicales, y decir, entonces, como el habla cotidiana de los pájaros, sería una música idealizada para el oído de las estrellas.

Sería necesario sufrir una metamorfosis, y ver partirse las extremidades en dos enormes orejas que delicadamente descuerasen los diálogos. Basta desafiar el silencio, derrotado por siempre, y leer, otra vez, leer en las sombras de los pájaros nuestras propias sombras. Descifrar, la panacea del verde en las tardes, como un cobre de buena ley metiéndose en crespos muñones al frío de los días. El sol que veo ahogarse, es ahora un parlamento de vuelos que arden escapando del brillo de la ciudad, una fruta en su ciclo luminoso desde donde viene cegándose canto a canto –como gotas extraviadas de un antiguo palimpsesto- un cebo sublime y cargado de nuevas alas.