Escucho a lo largo de la tarde un canto de pájaros, como si el sonido fuese en realidad un fantasma atravesando el viento, y escondido, el cuerpo sin vida trinara ese lenguaje que a ratos confunde y desorienta. Es imposible navegar siguiendo el canto de los pájaros –me digo- aunque nosotros amemos su andar por el aire, suele reclutarnos el hábito de las calles y la pedagogía de lo horizontal. Los sueños, los deseos, el sexo, todo –quizás hasta el camino luminoso a la guadaña- sean reflejos horizontales. A lo mucho intentamos explorar ese espacio comprendido entre una duda y otra, pero andamos vigilando la eternidad resumida en el asfalto, los adoquines y el cemento.Las aves ansían esa ignorancia con la que tiene certeza un ser humano, al menos la de aquellos que contemplan la tarde y dicen saber tanto sobre vuelos y trinos. En esa simpatía por la necedad, por el orgullo de actuar bajo el desamparo de toda altura, hoy he visto un par de tórtolas de regreso en el barrio, y de seguro también en ellas el alma encantada de los antepasados atraviesa la calle El Roble, centelleando ondulaciones luminosas para recordar la inmadurez.
A razón de pájaros, el otoño expele un delicioso olor a vértigo.
Entre cumbias y baladas sobrevive el pastoso atril de las aves. Entre melodías nuevas y otras muertas de lustros y estíos, entre sonatas, vuela el alma acometida en su ritual, el pájaro que guarda otro pájaro fantasma en su molleja y ahora es libre frente al chuño. Había pensado también, que el lugar más árido de la tierra existía en éste país, y ahora busco la sequedad que abunda en el vuelo del chirigüe sobre las casas viejas que sobreviven a la época y una antena satelital donde no hay siquiera un hálito de esperanza. Continúa el día soleado y aseguran el paso incontables rumores de vuelos: las niñas que van hacia el pan, los escolares prófugos a esa hora incansable para la infancia, un dormitorio abandonado, relojes anunciándose sobre los jardines. Qué razón tiene esperar –como si se tratase de un augurio- el relato del ave sobre los alumbrados. Qué hombres al unísono descubren bajo esa elasticidad su miseria.
En el barrio, suceden relatos de pájaros desaparecidos, que ya en la infancia parecían cansados: hace dos días –por ejemplo- sorprendí un ave roja tropezar sobre los enrejados, y desde entonces, las veredas agobiadas de fútbol desdeñoso y batallas sin orbe aparecen reunidas en la imagen de todos estos seres fantasmales que deciden regresar de la muerte. La imagen del muchacho que fui, es también ahora un patíbulo arrojado al vacío, y su memoria sería para la tarde, el vuelo del sacatureal, ensangrentado en su plumaje. Como en la peor época de un hombre, palomas redondas circulando en la basura, sin aire, lentas y empolvadas de sombra. Esa sombra espacial que vuela desde los astros y señala dos o tres profecías: No hay vida después de todo, muchacho, estás condenado a ser un pájaro en la tarde.
Escucho a lo largo de las horas una canción, como si el día fuese una bandada de tiempo y en él, las aves simularan estaciones pasadas o incontinuas lluvias para las ciudades. Lo dice el patio de la escuela, las iglesias y esta perspectiva desde donde anuncia a secas el gorrión su enjaulado minimalismo. Si fuese posible hacer oído al ejercicio de las alas, en cada aletear despertaría una palabra nueva:
el lenguaje contaría con tramos, alumbrados y notas musicales, y decir, entonces, como el habla cotidiana de los pájaros, sería una música idealizada para el oído de las estrellas.
Sería necesario sufrir una metamorfosis, y ver partirse las extremidades en dos enormes orejas que delicadamente descuerasen los diálogos. Basta desafiar el silencio, derrotado por siempre, y leer, otra vez, leer en las sombras de los pájaros nuestras propias sombras. Descifrar, la panacea del verde en las tardes, como un cobre de buena ley metiéndose en crespos muñones al frío de los días. El sol que veo ahogarse, es ahora un parlamento de vuelos que arden escapando del brillo de la ciudad, una fruta en su ciclo luminoso desde donde viene cegándose canto a canto –como gotas extraviadas de un antiguo palimpsesto- un cebo sublime y cargado de nuevas alas.
Yo, poeta/ popular, provinciano, pajarero,/ fui por el mundo buscando la vida:/pájaro a pájaro conocí la tierra;/reconocí dónde volaba el fuego: /la precipitación de la energía /y mi desinterés quedo premiado /porque aunque nadie me pagó por eso/recibí aquellas alas en el alma/ y la inmovilidad no me detuvo.
ResponderEliminarNeruda.
La inmovilidad no me detuvo. No te ha sucedido alguna vez, que caminabas pensando en todo y en nada, y de pronto un cantito, un trino, que te saca de todas esas ideas y sonríes? A mi me pasó hoy, así como otras veces. Sucede que poco a poco, encontrarse con todo eso se convierte en un lujo, es imposible encontrarse con ese cantito, o recibir esas alas en el alma, en medio de la ciudad edificios, contaminación y tráfico.
También yo vi esa ave roja sobre mi jardín y sonreí al leer lo que escribes, y desde la primera vez, sentí sorpresa inocente, aquella que vivimos cuando niños.
Rolo, leo tus publicaciones, desde las más recientes a las más antiguas y un gran abrazo por cada palabra, espero pronto alguna respuesta a las mias.