Hace una semana, Cristian me pidió que lo ayudase a instalar una repisa para su casa, por cierto, recién comprada. Luego del trabajo, acomodamos varias cajas con loza y otras chucherías y entre los objetos y libros que comenzamos a ordenar, me llamó la atención un ejemplar antiguo de País de sombras largas de Hans Ruesch que guardaba, un tanto desprolijo, al fondo de la caja. Ruesch es autor de uno de los libros que –pensando en mi propia experiencia- se deben leer en la juventud. Si bien su narrativa corresponde a un modelo menor de Best Seller
Acto seguido, acomodamos la interminable –e incompleta- colección de la Revista Ercilla, y algunos tomos de Larousse. Destapamos una cerveza bien fría, y comentamos, ligeramente, la relativa elegancia de su repisa. Hablamos del color, de la madera y de una jubilosa máscara Guatemalteca que dispuso sobre la terraza superior. Luego de Ruesch, fui hacia un libro amarillento y proporcionalmente más grande que los delgados tomos de Espasa Calpe, y al indagar en sus páginas, descubrí Pasé por México un día de Manuel Rojas. Relato bien distante de los frecuentes escenarios porteños, donde es posible encontrar a un autor que describe con precisión, y bastante lejos de la impostura, un territorio, una cultura, y, en algunos tramos, hasta la prehistoria del país del águila. Sin ser una novela, se lee como una novela, y sin ser un diario de viajes, es capaz de pasar, muchas veces, de un asunto a otro.
Hice pues algunos comentarios relativos a estos libros, y percibí, raudamente, que Cristian como Ximena -su madre- desconocían. No he leído todo lo que se ha escrito, sin embargo me seguí topando con obras familiares a los años de liceo y de universidad. A mí ya decidido intento por recuperar dichos textos, sumé Eloy de Carlos Droguett y una moderna edición de Otra vuelta de tuerca de Henry James. Me sentí a ratos, como Peré Gimferrer o Borges, aunque, considerando el poco interés lector de mi anfitrión, bien podría estar cercano a representar un avezado conocedor de libros.
Me preguntaba, mientras en casa comenzaba a releer a James, cuáles otros textos esperarían la casualidad de ser descubiertos, o qué situaciones se sucedieron, para que Ruesch, Rojas, Droguett y James volvieran a estar, olorosos, en mis lecturas personales. No sentí, por cierto, esa voracidad juvenil que a ratos sopesaba, sin embargo, hacía memoria de algunos párrafos de la obra de Umbral sobre lo perenne de las lecturas adolescentes. <… sólo muchos años más tarde he vuelto a saber que, efectivamente… lo que uno lee después de la adolescencia es ya siempre repetición de lo leído (se lee siempre el mismo libro, como se escribe el mismo libro; el que uno quiere leer y escribir, nuestro libro) y porque no hay manera de que un libro leído más tarde puede poseernos como nos poseyó aquél, como nos poseyeron aquéllos”>. Eliminar el “rótulo decorativo” de aquellos libros –los condenados a la repisa de Cristian- despertó un interés por otras lecturas, que si bien no volví a frecuentar con vehemencia, recordaba –o citaba- constantemente. Ahí estaban en mi propia repisa, El coronel no tiene quien le escriba, de García Márquez, Los paraísos artificiales de Baudelaire, Diario de un cazador, de Miguel Delibes, Pan, de Hamsun y algunos otros, para solventar quizás, mi más cercano solipsismo. La sordina que precedió a estos libros, habló en la voz de Cristian y su ya, instalada, repisa de Pino Oregón.
Mientras algunas obras permanezcan a la espera de otras casualidades, o mientras los textos posean una “buena vejez”, podrán naufragar seguros en cajas plataneras, bolsas de embalaje y repisas desprovistas del cuidado y atención que se merecen, porque lo importante es, en algún momento, el llamado a su encuentro con el lector-adolescente, el lector-nostálgico, el lector-arqueólogo, o simplemente, el lector-lector.
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