"Desde aquí es posible escuchar / la respiración de la lluvia” dice Alejandro Zambra en su poema El día siguiente. Cito estos versos, porque me saben a una idea, a una concepción, a un acercamiento, que no es, por cierto, la misma claridad de sentir el agua golpear sobre las manos. La esperanza de andar en las calles mojadas, y escuchar no sólo la respiración de la lluvia, sino su destrucción contenida en el pastoso desplome de la gota contra el paraguas. Imagino una televisión encendida, y en ella, la proyección de una lluvia gruesa, donde a ratos sea posible encontrar su aspiración, y en esa “alternancia de desnudo y disfraz”, -como decía Gil de Biedma- disponer de más prólogos nostálgicos que certezas.Esa misma ilusión me sucede, posterior a la lectura de algunos libros que, por más suerte que desgracia, hoy en día se encuentran digitalizados en Internet. Los textos que hoy abundan en la red, facilitan el acceso a obras que parecían derechamente inalcanzables, ya sea por encontrarse extintas en bibliotecas y librerías, o por el excesivo costo que significan, por decir, para estudiantes universitarios, lectores desempleados, y/o profesores básicos –que es mi caso-. Mientras el importe ridículo que sujeta el disminuido mercado literario hace posible que existan –cada día- más lectores digitales, los nuevos espacios destinados a la lectura digital, no aseguran esa unión íntima que surge del tacto, de poseer un libro en las manos, de enfrascarse en largas guerrillas literarias con antiguos anónimos lectores, que dejaron, por ahí, sus notas entre versos y párrafos.
Es posible tener un fragmento del aroma, de la tersura, del peso y la fragilidad de un libro digital, como en un asirse a su respiración, pero qué tan distinto es, para muchos, sostener, andar, y hasta dormir, obedeciendo a esa simbiosis fraternal que es poseer un libro y dejar, libremente, que él nos posea.
“No hay claridad, no hay claridad” graznan los choroyes de Soledad Fariña en su Todo tranquilo, inmóvil, poema de El primer libro. Pienso en los versos de Fariña, pues seguramente un libro abierto es también la forma de un ave en vuelo, y un ave sea la sombra de algún escrito para quien obedece a su inalcanzable marcha aérea. “El alma del saber puede convertirse en el mismísimo cuerpo de la falsedad”. Hago, quizás, mal uso de estas descontextualizadas palabras escritas por Aldous Huxley para acercarme a los espacios que hoy nos brindan las bibliotecas electrónicas. “El alma del saber puede convertirse en el mismísimo cuerpo de la falsedad”, insisto en esta frase como si se tratase de un aforismo, un epitafio, o cualquier deseada línea sobre una obra. Los libros electrónicos guardan a su haber, por sobre todo, la cualidad de hacer visible lo transversal del lenguaje, y de asirse a los nuevos formatos sin transfigurar una verdad incorregible: su verdad escrita. Para algunos, falsos haberes, para otros, un medio habitual y cómodo, sin embargo, bajo cualquier paradigma, una propuesta generacional que no detiene su avanzada.
Hace un tiempo estuve hundido en la biblioteca de un amigo cercano, y me es imposible no hacer la imagen lúcida de los recuerdos que abundadaban en sus libros: boletos de micro, facturas, cuentas impagas de luz, marcadores, hojas, volantes, tarjetas de prepago, entre algunos otros que de seguro, no encontré. O siquiera pensar en esa oportunidad, en que leyendo Canto de gallos al amanecer de José María Memet, reconocí unas manchas de vino tinto sobre uno de sus poemas. Ese pasado que guardan las páginas, olorosas, de la literatura en papel, promueve la invitación del lector a un invernadero provisto de texturas. Es imposible no decirle a los sentidos que salgan a repletar las calles (o cualquier paisaje que pueda o quiera construir). Es imposible no viajar, andar, oler, y hasta beber de esa droga dulce, aunque todo aquello signifique apenas, el despertar de un espíritu romántico y noble.
Rolo: ciertamente una biblioteca electrónica nos hace posible lo imposible (literariamente hablando, claro está); ediciones descontinuadas, autores escondidos, títulos de los que ya nadie habla, pero, lamentablemente no logro encontrar el mismo placer de un libro entre mis manos. La tapa, el olor de las hojas, y ver como día a día uno va avanzando en ese montículo de páginas cosidas hasta llegar al fin. Esa sensación que solo un lector empedernido podría reconocer, al terminar de leer un libro y cerrarlo. Yo suelo guardar unos instantes de silencio, para terminar de saborear las palabras, y salirme de ese mundo, o guardarlo para mí, o quien sabe que otras cosas más. Intenté varias veces empezar a leer libros virtuales y siempre fue una tarea frustrada, quizás mis ánimos literarios se quedaron en una era pasada. Sucede que existe tal relación con el libro que leo, que es como si el texto me conociera y yo, igual, es una conversación pero aquellas de las más íntimas, donde se dicen todas las cosas que sólo se le contaría a un amigo. Amo ese libro, ese particular. En otras palabras, no es la obra en general, sino esa edición, ese mismo libro que tengo entre mis manos, y poco a poco construyo una biblioteca personal llena de amigos y amores, dispuestos a conversar con solo abrirlos. Alguna recomendación para cambiar esta costumbre y encontrar aquella misma relación por un medio virtual? O será que esta es mi "triste vicisitud de las cosas", como L. Sterne solía decir?
ResponderEliminarBelén.
Tengo y poseo el mismo sentimiento que describes hacia un libro en papel. El tacto es el beneficio, el aroma, eso de andar en todas partes con el, como si fuese un partner. Gracias por los comentarios, es grato y sorprendente venir aquí después de tanto y encontrar tan cercanos mensajes, nos los había visto, por eso no respondía. (rulanduwa@hotmail.com)
ResponderEliminarSaludos fraternos!