15 de noviembre de 2010

Flowers


Si el movimiento de la máquina resume la voluntad de los días, las calles hablan de otros amores y una fugacidad parecida a los senderos por los que el alma transita, lo difícil es mirar por la ventana y desvestir el paisaje, sin caer en la frágil tarea de pintarlo con el arte de nuestras propias creencias. El viaje provee la simpleza de las carreteras y un extraviado carnaval de emociones: se despide uno de las fachadas y las iglesias, dice adiós en silencio al olor de una plaza vacía, es imposible guardarse tantos reflejos, tantas canciones, tantos agudos sacrificios. Los edificios son como hermanos mayores que buscan someter el alma a un paraíso de nostalgias, y la ciudad –cada minuto más secreta- funciona como máquina registradora o una memory card donde caben ciertos lugares para vivir detenidos con flores en las manos o deleitados por las cosas cuando el tiempo es un cómplice amigo, un bondadoso peatón, cuando es visible una fiel sincronía en el cielo y todas sus dormidas estrellas. Luego se acaban los círculos, los primeros talleres mecánicos anuncian, como un castigo, que ya es imposible abandonarse y abrazar la tierra.

Volver es como un oficio, una oración interior que empuja hacia el vació con pájaros y besos. Y así como hay luz frente a los arados y las plantaciones con verde y garzas que dicen en el aire y en las horas, hay un último taxi que desaparece, asido a su amarilla equitación. La ciudad se acaba y en ella, las hojas, el tiempo de otros tiempos. Volver es un oficio, un oficio sagrado como el de un herrero, un vendedor de choclos o de quien escribe luego de anteponerse a su propio dolor. Sagradas horas sobre el bus interprovincial, sagrado desvelo y el desierto ahora como un monstruo sin gloria y a cambio poderoso como la soledad que desviste. Qué es viajar sino escuchar, una y otra vez, el cencerro que carga la memoria. Es estar y no estar, queriendo una nota de agua y el huracán que nos devuelve a la infancia, sucios de belleza. A ratos se acaban las ciudades, pero queda un opúsculo de vida en ellas: tiene sentido el olor del jardín, cercano al hogar, los cerros parecen otra vez vacas dormidas, la mano de un amigo atravesando el paisaje otra vez de mil formas, como esa luz que se atesora luego de atravesar incansablemente la oscuridad, el tañido en la puerta, la voz de un compañero y estas horas, perpetuas, donde a ratos es posible establecer un puente con todo el ejercicio y la casualidad del cosmos.

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