8 de diciembre de 2011

Planta Baja Editorial: Los Tramoyas

Los Tramoyas

La Novela de Wilson Bantés Moyano

Por Rolo Martínez

Un escritor, principalmente, se dedica a escribir. Dice el autor (Wilson Bantés Moyano) en una entrevista (a pito del lanzamiento de su segundo libro Las muecas del tartamudo). Y hasta ahora, mucho silencio. Pero bastante. Y justamente -a poco más de dos años- rompe su reserva –para nada improductiva- con la irrupción de Los Tramoyas, novela que describe – y con increíble soltura- la historia de cuatro ancianos que se inician en el tráfico de drogas al interior de un acilo.

El argumento reúne a personajes que sobrepasan los sesenta años -próceres del abandono, la miseria y/o la frustración- y deriva en temas como la cronología, la exploración de sus historias pasadas y las escenas que relatan el ingenio con que llevan a cabo su negocio con las drogas. En esta novela, además, se comprueba la capacidad que posee el autor para encumbrar las experiencias que forman parte de la vida de sus personajes, y precisamente, es en la vida de estos donde se centra –de manera zigzagueante- el verdadero propósito de la novela: la añoranza y la aceptación. Un jubilado de las FFAA, el primer martillero de la ciudad, un ex presidente de asociación de danza religiosa y el dueño de una ex zapatería (hoy convertida en centro de llamados), dan vida a una historia picaresca y sorprendente donde constantemente se soslaya –y sin caer en el mármol rastrero del positivismo- la miseria y el desencanto, y donde se parafrasea con un humor coloquial, desnudando la inteligencia como ápice de una bien llamada supervivencia.

"Iracundos, nosotros los viejos culiados, los que pagamos el diezmo durante décadas y que fuimos arrojados a la farsa caridad de las Hermanitas de los Pobres, los que al mear ya no le hacemos puntería al wáter, los que somos responsables del horror de nuestros hijos por olvidar, a menudo, donde mierda dejamos nuestros trapos sucios"

Los personajes que aquí son citados transitan por un universo casi mágico, donde inequívocamente aparecen individuos patéticos y decadentes, pero que guardan en su particular encanto una luz e incapaces de convertir la obra en un conjunto de ficciones que se suceden progresivamente y sin armonía, aportan con humor y dinamismo en un espacio físico que se caracteriza, principalmente, por tratarse de un inmenso y verde acilo para ancianos donde se practican otras artes distintas al reposo. De esta forma, enfermeras, auxiliares, religiosas, vigilantes, decrépitos y/o caducos, dan vida a un sinfín de interrelaciones y diálogos, y que en la mayoría de los casos, conmueven y suscitan reflexiones casi heroicas:

"Cuando yo tenía doce años, chiquillos, moría por ir a ver las películas prohibidas que pasaban en la calle Maipú- dijo Rafael Viza –pero me decía siempre, ¡chucha como no tener quince años! Y sucedió que luego tuve quince, y después veinte, y luego ya tuve cuarenta y siete, y así hasta ahora- continuaba mirando, casi secretamente el ataúd. -Al final, nunca fui a ver esas famosas películas prohibidas, porque cuando cumplí los quince mi padre me llevó al poblado de Belén, y allá terminé mirando cabras, tunales, iglesias de barro, todo eso menos culos y tetas, que era por cierto, lo que yo quería ver"

Sin aspiraciones insondables, Wilson Bantés Moyano busca desvestir e hiperventilar espacios poco explorados, insertando un cliché al interior de otros clichés. Es indudable, otrora, el oficio y la aproximación del autor para con sus personajes, a quienes, además, cita en la nota de edición como "personas que si existen, obreros que aún transitan por los pasillos y ancianos que, hasta hace seis meses atrás, continuaban vivitos y coleando", aseveración que deja muy en claro la relación físico-narrativa del autor con su obra, convirtiendo ese silencio que antecede a la aparición de cada uno de sus textos, en un espacio creativo donde se practica la experiencia sensitiva y por cierto, el generoso habito de la escritura.

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