Por Rolo Martínez
Los textos que componen Miss O’ginia,
trazan una línea escritural que escapa, por lejos, de ese campo quebradizo y
facilista que se enlista como fórmula, tal vez inconclusa o inacabada, entre
aquello que llamamos marginal. Tampoco se adscribe al grupo de literaturas pseudo
pornográficas o eróticas que pueblan y atiborran Internet, y que, entre
vaivenes, gemidos y cadencias, sitúan el hecho de la descripción, como un ejercicio
prestablecido y tácitamente limitado. En efecto, los textos, o mejor dicho aún,
por antonomasia, la obra de Fernando Escobar Páez, dibuja un compendio donde
caben, entre otros, seres que carecen de vergüenza, pensadores o intelectuales
que advierten con exactitud, los ciclos de la vellosidad, del olor ácido de los
genitales, de la simetría del recto y la figura prístina del falo, en rigor, habitantes
–para nada dormidos– de ese pequeño trozo de oscuridad que se sitúa como un
universo paralelo en cualquiera de las pequeñas y grandes ciudades de nuestro
continente. En este libro, el autor nos revela, más allá de la soltura, el
lenguaje crudo y eficaz con que atiende cada uno de los textos, un dominio que
es propio de aquellos autores quienes previo al acto escritural, han transitado a largo y grueso modo por su
obra. Quizás por esta razón, el autor no
sólo asume el papel de escritor o cronista de sus íntimas o más desviadas
experiencias, sino que, disfrazado de doctor o científico, de drogadicto under o
hereje, hace eco de las voces que, al menos en la literatura, han sido
silenciadas por el conservadurismo y aquello tan políticamente correcto.
Llama la atención en estas
historias, el despliegue reflexivo de
sus personajes, y en especial, de aquellos que se asumen en la historia, como
meros o vulgares confidentes, cito:
"Si una mujer de veinte y
seis años tiene por referente intelectual a Silvio Rodríguez, significa que
—además de estúpida— es mal follada"
Sin ser personajes totalmente triunfales, quienes
habitan en las historias de Escobar Páez, se alejan del discurso poético de la
derrota, y, de igual modo, sin ser eximios o experimentados pensadores, se
destacan por conjeturar o elaborar sentencias, la mayoría de las veces, de
grueso calibre.
No es, sin embargo, por ese
lenguaje frontal, ni por la vaguedad entre los tosco, lo bizarro y lo
extrañamente hermoso, que debiese considerarse Miss O´ginnia como una de
aquellas obras que son irremplazables. En primer lugar, nos aproximamos a una
trabajo que abunda en lo genuino, ya sea por la desnudez con que plantea el
tema de su propia experiencia como también, porque entre las líneas se intuye
una ausencia de falsas miradas. En segundo lugar, quien ha sido capaz de entretejer
una historia con los propios desaciertos sin caer en la blanda trinchera del
optimismo, no puede sino ser un escritor que ha hecho de su trabajo el patio
trasero de su propia vida. Cito:
"Mi terapeuta me pidió que intente masturbarme como la
gente normal: pensando en mujeres bonitas y adorables, pero no puedo; mi verga
tiene tanto miedo a la noche que sólo entre verrugas y derrotas puede besar a
La Triple Diosa"
En versos como éstos, Fernando
Escobar, no sólo transparenta la locura, sino que poetiza la soledad o el
desarraigo desde la arista menos convencional, haciendo imposible al lector
considerar la literatura –o al menos esta obra– como un hecho coherente,
racional, aunque por otro lado, implique el desafío constante de abandonar lo
secular y evidente, por construcciones que en la suma, componen un
extracto más cercano a lo real y
tangible que a la irrealidad misma y ese cúmulo de sensaciones superfluas.

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